17 diciembre, 2011
Alba
Llegó, la besó por el cuello y acabó besándole el alma. Danzaban en la oscuridad, y vivian en la infinidad. La lluvía caía fuertemente sobre aquella teja abandonada, pero a ellos no les importaba; nada podía opacar la luna y las estrellas que se provocaban en cada beso, que proclamaban en cada respiro, y no es mentira eso. Amaneció y ella terminó dejándole el corazón emponchado, sin estar a su lado. Odiaba verle por las mañanas, y por eso huía cual Cenicienta. Sabía muchas cosas que él desconocía. La desesperación y angustia de él la alimentaban. Se bañaba, se vestía y marchaba en la primera hora de la mañana sabiendo lo mucho que le molestaba a aquél cuerpo que había dejado dormiendo en su cama. Una vez, el despertó a tiempo, vió por la ventana y ella caminaba ahí, hacia su carroza. El muchacho corrió, bajó las escaleras, y tomó una flor del jardín en las carreras. Alcanzó a la joven, le dijo que le amaba extendiéndole la flor, le suplicaba que se quedara. La joven sonrió, pero nunca se detuvo. Y así corrió por última vez de su cama al alba.
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